@Esteban Hernández – 16/07/2010 06:00h

Lo cierto que es el reciente florecimiento de las pymes tuvo una génesis extraña, ya que no fue causado, como ocurrió en los 60, por emprendedores que aprovecharon las buenas condiciones del país para poner en marcha pequeños negocios enraizados en la economía fordista, sino por cambios notables que desmantelaban el viejo mundo. Como señala Manuel Ahedo, profesor de Sociología de la universidad Rovira y Virgili, y autor, junto con Ignasi Brunet, de Desarrollo local, pymes innovadoras y bienes colectivos de competitividad, en las últimas décadas se procedió a la progresiva desarticulación de las formas precedentes y a un aumento de la desintegración vertical de las grandes empresas, “generando un alargamiento horizontal y vertical de las cadenas de valor de los productos y los servicios.

Estas dinámicas, junto a los procesos de downsizing y outsourcing empresarial, han traído consigo un aumento significativo del número de pymes. Además, han aparecido nuevas industrias (TIC, consultoría y servicios a las empresas), cuyos procesos de producción se adecúan a la empresa de tamaño reducido”. Todo esto ha generado una mayor diversidad de ellas, desde las micro-empresas hasta las medianas de 200-300 empleados. “Asimismo, las cadenas de valor, tanto productivas como de servicios, han adquirido una dimensión transnacional y global con el consecuente debilitamiento de la dimensión local”.

Pero a este nuevo modelo también ha terminado afectándole la crisis. O más propiamente, como asegura Gerard Costa, profesor  del Departamento de Dirección de Marketing de ESADE, la recesión ha hecho que estallasen los problemas que las pymes llevaban dentro. “No es que estemos viviendo un momento de falta de confianza, sino que estamos ante un “new normal”, ante una nueva normalidad que nos demuestra que se han agotado modelos de comportamiento y que se han generado nuevos hábitos de compra. Y en ese cambio, las pymes han salido perjudicadas, ya que están sufriendo una mayor competencia”. En segundo lugar, se trata de empresas que estaban orientadas a seguir produciendo un bien o un servicio tradicional, a las que les iba más o menos bien y que gozaban de cierta estabilidad con esa vieja fórmula. “Pero  cuando ha estallado la crisis y muchos de sus clientes les han impuesto nuevas condiciones, repercutiéndoles su caída de beneficios, no han podido afrontar adecuadamente la nueva situación”.

El final de un ciclo

Junto a esos factores, también ha de anotarse que estamos llegando a un final de ciclo, algo muy apreciable, asegura Costa, “en el sector detallista, pero que es extrapolable a una mayoría de ellos. Buena parte de las pymes españolas se crearon en los años 60 por jóvenes con muchas ganas que están llegando ahora a su jubilación y que no han sabido planificar correctamente el final de su negocio. En Barcelona hay un comercio de ultramarinos que ha colgado un cartel que reza “cierro porque me voy a vivir la buena vida”, y en restaurantes de Bilbao hay notas que agradecen a sus clientes la fidelidad de años. Esas son pruebas irrefutables de que no han sabido cerrar de forma planificada.

Para Costa, lo natural hubiera sido plantearse con tiempo las posibilidades, y organizarlo todo bien para poder traspasar el negocio a la familia o venderlo a un competidor. “Pero muchos no han hecho esa tarea y ahora, con la crisis, se han degradado demasiado como para que puedan llevar a cabo el cierre deseado. Así, hay comercios que están aguantando stocks obsoletos que quizá hubieran podido liquidar hace tres años pero que ahora les resulta imposible, o empresas industriales que debían haber cerrado hace 5 años, pero como el valor inmobiliario iba creciendo no lo hicieron, y ahora que el terreno y la nave han perdido la mitad de su valor, ya no pueden cerrar”, asegura.

Y si el contexto no parece ser el más favorable, tampoco las soluciones por las que se apuesta parecen muy efectivas. Así, en un entorno en el que el tamaño es importante, lo lógico, asegura Costa, es que se hubiera creído en las fusiones, de modo que las pequeñas firmas hubieran podido posicionarse mejor en su sector. Pero no se ha hecho, “y cada año que pase será más difícil que pueda llevarse a cabo”, asegura. Además, tampoco la fuerza de lo colectivo para ser muy eficaz a la hora de impulsar asociaciones que defiendan intereses comunes.

Como asegura Ahedo, “la acción colectiva, asociativa o no, de las pymes no ha evolucionado al nivel y dirección que lo han hecho las empresas. En algunos casos sectoriales o territoriales se podría decir incluso que su acción colectiva institucional se ha debilitado. Lo cual es un problema, dado que las pymes suelen encontrarse limitaciones a la hora de tener acceso a la financiación, la formación, o la innovación tecnológica”. Por eso se requiere una acción institucional por parte del Estado, para la cual suele ser necesaria una presión colectiva de las pequeñas empresas que no se está dando.

Internet no ha sido el salvavidas esperado

Y tampoco internet parece venir en su salvación. Si muchos apuntaban que la posibilidad de supervivencia estaría ligada a la red, no parece que las previsiones se hayan cumplido. En parte, asegura Costa, porque las pymes todavía funcionan con un amateurismo notable. “Muchas de ellas (desde el sector textil hasta el farmacéutico) reconocen que, hasta la crisis, no tenían control sobre su red comercial, que no hacía más que recoger pedidos en lugar de buscar nuevos clientes, o que no proporcionaba a información necesaria. Y lo que no puedes hacer es trasladar tus defectos a internet. Si no sabes hacer venta cruzada y venta consultiva, si no conoces bien los stocks de tu tienda o no tienes vendedores bien preparados, olvídate de internet porque será un desastre”.

Así las cosas, hay quienes optan, como es el caso de Iñaki Peña, profesor de Deusto Business School y miembro del Instituto Vasco de Competitividad, por recomendar la inmersión completa en el nuevo mundo, apostando definitivamente por la innovación. “Este es un buen momento para reestructurar la economía porque muchas empresas han cerrado, lo que permitirá apostar por nuevas firmas que fortalezcan sectores económicos clave cara al futuro. Estamos ante una gran oportunidad para poder avanzar desde una economía basada en la eficiencia y la calidad hacia otra fundamentada en la competitividad, en la creatividad y en los intangibles”.

En ese entorno, la prioridad no son las viejas pymes, ni siquiera aquellas que puedan ofrecer cierto grado de innovación, sino los proyectos emprendedores con potencial de crecimiento. “La mayoría de las empresas pequeñas que se montan, como peluquerías, panaderías, etc., carecen de ambición”, asegura Peña. “Incluso en algunos casos pueden ser innovadoras, pero no aspiran a crecer con nuevos productos y en nuevos mercados, no tienen como horizonte la internacionalización. En ese sentido, todavía nos queda mucho por hacer para compararnos con las empresas nórdicas o las estadounidenses.”

La tarea esencial de las administraciones, según Peña, “debería ser identificar a estas empresas con ambición y dotarlas de apoyo. Y no hablo de subvenciones, sino de ayudarlas a conseguir capital inteligente, dinero de socios como los Business Angels.  Eso supone tomar medidas para fomentar el ecosistema emprendedor y para dinamizar el mercado financiero, propiciando incentivos para atraer también al capital riesgo”.

Para Costa, sin embargo, la innovación debe venir desde otro lugar. Hasta ahora, la pyme se ha abierto al exterior, bien sea para buscar mercados o para comprar procesos productivos que no tenía. “Pero, con la limitación de recursos y los problemas de tesorería que padecen, la innovación debe venir para ellos mucho más desde el conocimiento de sus clientes. En lugar de pensar en exportar, que también es positivo, han de entender qué necesitan sus clientes y qué es lo que ellos les pueden ofrecer. Dicho de otra manera, en lugar de plantearse buscar más clientes, han de pensar en vender más cosas a los clientes con los que ya cuentan”.

No obstante, no debería olvidarse que, en momentos como el presente, los procesos asociativos suelen ser muy beneficiosos para quienes cuentan con menor tamaño. Por eso, asegura Ahedo, “toda asociación de pymes debería desarrollar su organización interna, incrementando la interacción directa e indirecta entre sus miembros para que puedan alcanzar un entendimiento mutuo que les lleve a ser conscientes de sus intereses colectivos comunes y de la necesidad de organizar la gestión de los bienes colectivos de competitividad”.

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Written by carlos guerrero

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